La Tola


Tradiciones y expresiones de La Tola
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La Tola, un barrio que conoce lo que tiene, sabe a dónde va. Hemos realizado un muestreo recopilando leyendas, personajes, mitos, sitios simbólicos y religiosidad; esperando que las nuevas generaciones se conviertan en multiplicadores de esta reivindicación de nuestro patrimonio intangible. Así sepan construir el presente y futuro de su entorno.

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Dibujos por Jordan Terán, Mary Cruz Márquez, Nestor Molina, Bryan Zumbana



Mi Barrio de La Tola

Desde el alto Itchimbía se deslizan
furtivas callejuelas de La Tola
al Censo y La Marín, llegan sin prisa
hoy la esquina del barrio está muy sola.

Guambritos valentones y plazuelas
de la José Martí mi noble Escuela,
nos forjaron con temple las abuelas
en los juegos del box y la rayuela.

Un Edén de románticos poetas,
es La Tola con rubias y morenas;
con balcones floridos y macetas
adornando a las reinas, muy serenas.

Los poemas de amor, las serenatas
con el Pepe Salgado y su escuadrón;
con piano, guitarras y maracas,
al pie de los balcones, en camión.

Para siempre ha quedado en mi retina
la bulliciosa esquina de los radios
de Mama Corazón sus cosas finas
de Don Victor Sacoto, con sus gallos.

Del Saumerio, sus pasos retorcidos
ofreciendo saumerios bendecidos.
Del diablo Ocioso, las tardes su rutina
gritando sus tamales de gallina.

El Púchicas, un noble caballero,
los sábados brindaba por su equipo.
Un “chicabún” fue su grito sincero
alentando a su club, era un buen tipo.

Con la nieve del tiempo en mi cabeza
me entregas nuevamente tu fragancia.
Hoy recojo mis pasos con tristeza
en tus calles los ecos de mi infancia.

La Tola es el crisol de gente amada
que funde con honor el quiteñismo.
Brindemos esta copa entusiasmada
por Quito, por La Tola y mi Barriada.

Poema por Efraín Cepeda



Añoranzas de La Tola

Añoranzas de la Tola
De este Quito Colonial
De aquellos tiempos que añora
De quiteños sin igual.

La calle Valparaíso
De la Tola es principal,
Porque Cristo Rey le hizo
Con acento musical.

Recuerdo las serenatas
Con Salgado, el “Cocho” Erazo,
Con el Glauco y sus maracas,
entonando un bolerazo.

El piano del Salgado,
en el camión de los Armas,
recorría enamorado,
balcones de bellas damas.

La León y la Don Bosco,
son historia y tradición.
lindas toleñas conozco,
que fueron mi inspiración.

La luz, en el horizonte,
en la Tola, es la primera,
en nuestra plaza Belmonte,
de mi ilusión y quimera.

Para asentar el chuchaqui
en la noche romancera
el gran salón, Cachullapi
con caldo de calavera.

Don Sacoto y su gallera,
los Reyes y el cachascán,
en un sábado cualquiera
lo pasábamos bacán.

En trompones el Eugenio,
del rin todo un caballero,
con valor quiso ser dueño
del mundo en su casillero.

Los toleños somos gente
que se destaca en las artes,
en los deportes, presente,
triunfador en todas partes.

Los Recalde y los Romero,
Espinoza y los Buitrón
forman el grupo pionero
con Salgado y su escuadrón.

Y los paseos de antaño
a la hacienda de Itchimbía,
con el consabido baño
en la laguna que había.

Los guambras de la Martí
Don Bosco con la González,
fue la barra estudiantil
con ocurrencias geniales.

Y en carnaval fue la Tola
la campeona en la Marín.
Nos tomamos la pila
con los de San Agustín.

Y la nostalgia me abruma
recordando a nuestra Tola
de Quito, como ninguna
puro amor como ella sola.

Poema por Efraín Cepeda



El Sahumerio
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Por el año 1940, existió en Quito “El Sahumerio”. Era un hombre delgado y triste que protegía sus rodillas con trozos de cuero negro. Vestía una leva gris con los bolsillos abultados por los cartuchos de sahumerio. Se lo identificaba porque las puntas de sus zapatos, ya desgastados, se veían frente con frente; pero sobre todo por la fuerte voz que poseía. El señor Román -“El Sahumerio”- era el rematador oficial del Monte de Piedad, y muchas veces era contratado en las escribanías para que “cante” los remates de los terrenos y casas.

El Sahumerio tenía un puesto en el antiguo Camal –hoy el Mercado Central- donde vendía el cabestro a los mayores para castigar a los guaguas y el sahumerio. Pero cuentan que también andaba por las calles con un canasto en un brazo vendiendo muñecas de yeso, armadores de madera o gritando “el sahumerio” con voz ronca y desentonada, voz que asustaba a los niños. En su otra mano cargaba un viejo balde de hierro enlosado donde llevaba el carbón encendido para prender el sahumerio y así perfumaba las calles por las que pasaba.



Cesar Humberto Baquero

Nació en Quito el 20 de julio de 1916 en la calle Valparaíso entre Chile y Antofagasta; y murió en Quito el 26 de julio de 1953. Fue autodidacta, tocaba la guitarra, el bandolín y cantaba.

Formó parte de “Los Troveros Criollos” con Gonzalo Moncayo, Guillermo Rodríguez y Marco Tulio Hidrovo, le cantó a la vida, al romance, a las costumbres, a Quito, al país; y se le conocía como “El Rey del Pasacalle Ecuatoriano” por su exquisitez al componer canciones de este ritmo.

Tiene alrededor de setenta creaciones, todas en letra y música. Una de las más cantadas en la fiesta capitalina es “Romántico Quito mío”. Otra es “El Simiruco” (del quichua SIMI: joven y RUCU: viejo, es decir: joven maduro).

El autor en sus años mozos, fue alegre, dicharachero, artista, animador de fiestas. En una palabra, un verdadero simiruco. Creó esta canción por 1950 cuando andaba cortejando a la que sería la compañera de toda su vida, doña María Etelvina Viteri, hija de don Luís Viteri, mayordomo de una hacienda que estaba por el sector de “Las Casas”, en Quito. Mientras el compositor esperaba a su novia para salir, conversaba con los peones, quienes le contaban que eran del sector de Llano Grande y que su trayecto de venida a Quito al trabajo era por Carapungo. Así, se apersonó creando a nombre de ellos algo que podía llenar su vida.



Mama Corazón
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Donde hoy se encuentra el Centro de Salud de La Tola, existía la cochera del señor Alejandro, esposo de “Mama Corazón”. En la cochera se guardaban los caballos que guiaban los coches, el único transporte de la época. La carrera valía dos sucres y los que generalmente lo utilizaban eran los políticos. Los caballos llevaban capas de terciopelo de diversos colores y los conductores eran hombres elegantes, muy bien uniformados.

“Mama Corazón” atendía un restaurante en la esquina de la calle Concepción y Valparaíso. Hacía chicha, tortillas con caucara, caldo de 31; y para la diversión de los comensales tenía un boliche y el juego del sapo. Aquí llegaban los peones de la Hacienda Piedrahíta, a quienes “Mama Corazón” daba de comer a cambio de las pertenencias de los soldados muertos en la guerra de los cuatro días. Recibía armas, dentaduras de oro, anillos que generalmente se encontraban en estos lares. Muchos temían transitar por estas calles pues decían que aun se escuchaba el llanto de los que habían muerto.